El arzobispo de Santiago dirige una carta a los profesores en la que reconoce el cansancio y las dificultades del contexto educativo actual, y propone tres claves para renovar la vocación docente: educar desde el amor, fortalecer la vida espiritual y sostener la esperanza en la formación de niños y jóvenes.
Queridos profesores y profesoras:
Me dirijo a ustedes con afecto, gratitud y esperanza. Los llevo en mi corazón. Valoro profundamente la vocación que han abrazado y el servicio inmenso que realizan a la sociedad.
El futuro de Chile será lo que hoy se vive en sus aulas. Nuestro futuro está en sus manos. Ustedes, con su trabajo diario, silencioso y exigente, están dando forma a la sociedad del mañana. Ahí radica la importancia de su vocación. Son verdaderos constructores del alma de Chile.
Y, al mismo tiempo, muchos profesores están cansados. Cansados por la sobrecarga, por el desgaste emocional, por la dificultad de enseñar en contextos cada vez más tensos, por la falta de reconocimiento, por la pérdida de respeto y por la violencia que se ha instalado en muchos ambientes educativos.
No tengo dudas: hoy ser profesor es una de las profesiones más difíciles de nuestra sociedad. Construir un edificio requiere capacidad, técnica, recursos y planificación. Pero formar a un joven exige mucho más, porque estamos hablando de acompañar su crecimiento vital y de ayudarlo a formar su carácter, orientar sus decisiones y encontrar sentido a su vida. Un buen profesor abre horizontes, plantea preguntas decisivas, sostiene a un alumno cuando nadie más lo hace y marca el corazón de sus estudiantes para toda la vida.
Es tiempo de volver a poner en alto la vocación docente. Su tarea es más importante que nunca.
Desde esta convicción, me permito hacerles un triple llamado.
El primero: instaurar una cultura del amor.
El segundo: educar desde una mayor profundidad espiritual.
El tercero: educar con esperanza.
